¿Quién no ha visto ondear un trapo rojo en las afueras de algún restaurante ya sea en las afueras de cualquier ciudad, o en la mitad de una de esas carreteras olvidadas de Dios por las que los colombianos solemos transitar? ¿Quién no ha visto a unos jóvenes, pálidos pero emocionados, hacer hasta lo imposible para que nos detengamos a degustar su rica oferta culinaria, sacudiendo sus manos o pronunciando vocablos a veces inentendibles? ¿Quién no ha sentido la tentación de detener su automóvil y traspasar los quicios de esas puertas que nunca se cierran de aquellos negocios, a veces improvisados, con los cuales muchos compatriotas se ganan la vida a punta de mercadear sus productos de sabores auténticamente regionales? ¿Quién no ha sentido ese aroma de comida típica que al surcar el aire nos induce a hacer una parada en estos restaurantes de carretera?
Así, en las orillas de cualquier “autopista” nacional o de algún polvoriento camino, armados del infinito ingenio propio de nuestra idiosincrasia e inventiva colombianas combinadas en ocasiones con alguna indumentaria especial, estos hombres buscan llamar la atención de quienes se dirigen a su destino, ya sea de paseo, o por alguna urgencia familiar. Su objetivo, más que concretar y conservar clientes por siempre, pareciera ser el de incitar a la compra aunque ésta sea pasajera y momentánea. Allí, en medio de la lluvia que les hiela sus no siempre bien formados cuerpos, o bajo el inclemente sol que los acorrala entre el sudor y su necesidad de sustento personal o familiar, estos comunicadores de nuestro marketing a la colombiana, se desenvuelven con eficiencia e inusitada convicción de su cotidiano quehacer.
Labor ésta que después de ser cumplida por parte de estos hombres llenos de ansiedad e ilusión, –atraer algún hambriento viajero o de algún curioso pasajero-, se complementa con su interminable amabilidad retratada en cada gesto, haciéndolo casi de manera natural, como salido de su más profunda conducta prosocial. Señalar el sitio de parqueo, contribuir con sus señales al estacionamiento adecuado del vehículo, abrir la puerta, saludar con una sonrisa en sus labios casi siempre resecos, acompañar al potencial consumidor, responder alguna curiosa pregunta del visitante y ofrecer sus servicios como vigilantes, son parte del interminable inventario de atenciones que su diestra humanidad emana por cada poro.
Al hacerlo, su actividad traspasa su esencia comunicativa y promocional, para transformarse en un verdadero vendedor, sumido casi en el anonimato pero convirtiéndose en pieza esencial en la acción desplegada en los dos últimos metros donde muchos negocios se pierden por falta de compromiso y convicción de quienes tienen el primer contacto con el cliente.
Puntos iniciales de contacto que han sido vitales para que estos negocios de carretera hayan logrado precisos grados de especialización donde además de prepararse exquisitos platos regionales de la deliciosa gastronomía colombiana, han logrado reunir a camioneros, choferes de buses intermunicipales, o conductores de carros particulares.
Ojalá pudiésemos ver la real importancia de estas personas perfectamente convencidas de su trascendencia en la concepción de un marketing que por enmarcarse en este contexto merece ser mirado bajo el lente de nuestra particular forma de ser nacional. Negocios de carretera que a la luz de los postulados del marketing de hoy debieran ser estudiados por quienes interesados en nuestra colombianidad nos hemos sumido en descubrirla y entenderla en su propia dimensión y capacidad de aplicación en cada momento requerido y bajo cada situación que la costumbre ha estatuido como de obligatoria consideración. Al menos eso es lo que las investigaciones exploratorias hechas hasta el momento han señalado.

ALFILER: En definitiva este país es un espectáculo. Cada día nos asombramos más de lo que nos sucede. El fiscal general que se agarra de pies y manos al poder a pesar de las evidentes mentiras que ha dicho, el presidente que se ufana de haber hecho el mayor aumento del salario mínimo en los últimos años sin “cerciorarse” que eso no es cierto, el embajador ante la principal potencia del mundo que pide la excarcelación de un delincuente de cuello blanco, el director de Medicina General que renuncia por haberse equivocado y haberle mentido al país sobre la muerte de Jorge Enrique Pizano, el congreso que aprueba unas leyes casi en la clandestinidad de la medianoche violando su propio reglamento, el Consejo Nacional Electoral que le niega a la personerá jurídica a un movimiento político que representa a un más de 8 millones de sufragantes, el director de RCTV que impide que sus periodistas le hagan preguntas incómodas al presidente colombiano… en fin. ¡Qué locura en la que vivimos!

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